Dr. Friedrich S. Perls, Fritz Perls o sencillamente Fritz, como fue conocido en su plenitud, fue un terapeuta extraordinario, un verdadero genio de la terapia que revolucionó la práctica terapéutica llevándola más allá del ámbito de la terapéutica médica hacia una verdadera práctica de transformación, en el decir de Foucault; de un ejercicio espiritual, en el sentido más lato de la palabra espíritu.
Médico especializado en neuropsiquiatría, pero de otro lado poeta y actor, poseído por un espíritu artístico que bebió del ambiente cultural cosmopolita y underground del Berlín de los años 20, cuna del dadaísmo, el expresionismo y la Bauhaus, fue también discípulo de Freud, adhiriéndose a las filas del psicoanálisis, posteriormente a la atroz y dolorosa experiencia en las trincheras de la Gran Guerra. Pero un espíritu inquieto y artístico como el de él, influido tempranamente, además, por el pensamiento y la vida del gran Salomo Friedlaender, un filósofo cuya memoria fue casi sepultada por el nazismo y del cual Fritz podría ser considerado su portavoz y heredero, encontró en las ideas de los innovadores tempranos del psicoanálisis, como Wilhelm Reich, Karen Horney y Erich Fromm; en las de los psicólogos de la Gestalt y en el enfoque holístico de Goldstein, cierta afinidad que lo llevó a explorar con gran libertad en las posibilidades creativas que puede traer el encuentro abierto del ser humano y el mundo, como un modo no sólo de recuperar su salud sino de lograr una vida plena.
Escapando tempranamente del fascismo galopante que se cernía sobre Europa, se instaló en Sudáfrica con su esposa, la psicóloga Lore Posner, donde conocieron a Jan Smuts, quien lo conectó con su enfoque “holístico” como mapa para explorar tanto la naturaleza como el fenómeno humano. Ejerció y enseñó psicoanálisis, fundando el instituto sudafricano, y comenzó a traspasar estas nuevas comprensiones a su práctica clínica. La pobre recepción de sus ideas expuestas en el Congreso Internacional de Psicoanálisis de 1936 y un desencuentro personal con Freud, ese mismo año, impulsó un camino que terminará con su primer libro, donde “revisa el método” freudiano y plasma las bases de lo que llamará, más adelante, Terapia Gestalt. Se trata de Ego, Hambre y Agresión, publicado en 1942.
Una nueva emigración, nuevamente promovida por un auge fascista, los lleva esta vez a Estados Unidos, ayudado por sus antiguos colegas y maestros, sobre todo K. Horney y E. Fromm. Se instaló en Nueva York, donde publicó, junto a Paul Goodman y Ralph Hefferline, el libro que dio nombre a su proyecto de terapia, en diciembre de 1951: Gestalt Therapy. Excitement and Growth in the Human Personality. Pronto comenzó a crecer el interés en aprender con él, y a su alrededor se conformó un grupo que fue creciendo rápidamente. Lore (ahora Laura Perls), comenzó a participar más, y junto a Goodman y un grupo pequeño de los pioneros participantes, fundaron en 1952 el Instituto Gestalt de Nueva York, el primero de muchos.
Lo que pudo haber sido vivido como un éxito, como haber logrado al fin un reconocimiento a su original aporte a la psicoterapia, no fue tal para el propio Fritz. De un lado, el éxito fue más bien modesto y no la revolución que tal vez hubiese esperado, pero de otro lado no se sintió plenamente a gusto con lo que fue gestándose. Viejo y enfermo como estaba o se sentía, consciente de que Goodman tenía un don intelectual que él no y que se le estaba dando a su redacción teórica un valor mayor al que él mismo daba, y que ya se estaba gestando una incipiente idolatría al texto de 1951 (Jim Simkin, uno de los del primer grupo de formación, a poco andar le pidió a Fritz si podía ser eximido de las clases teóricas, a las cuales no les encontraba ni valor ni conexión con la gestalt en acción que aprendía de él; lo eximió enseguida), Perls se empezó a sentir excluido y no representado por ellos. Comenzó a viajar, sembrando grupos de interesados en otras partes de los Estados Unidos y planeó retirarse en Miami, donde creyó que terminaría sus días.
Frustrado y deprimido emprendió un viaje alrededor del mundo, quedándose un tiempo en Israel, donde vivió en comunidad durante unos meses. Se re encuentra con el arte, comienza a pintar, se enamora, experimenta asiduamente con psicodélicos, piensa en renunciar a todo y quedarse allá. Pero algo se ha encendido en él y comenzó a sentir que se va integrando en él su espíritu artístico y libre, su genialidad psicoterapéutica y las enseñanzas que recibiera de su gurú Friedlander. Regresó a Estados Unidos; no lo sabe, pero esa chispa que trae en su mirada está a punto de encender una hoguera que lo espera preparada.





