Por mucho tiempo no tuvimos casa. Fuimos una escuela errante que se movía de sala en sala arrendando espacios, una suerte de proyecto disgregado al que solo unían las buenas voluntades y la visión compartida, pero sin un espacio propio. Cada módulo de las primeras generaciones en formación nos agrupaba en un lugar para luego desagruparnos y que quedara el aire, ya deshabitado de nosotros, a la espera de reencontrarnos en ese o en otro lugar en el futuro.
Pronto esto se fue haciendo insuficiente: el sueño compartido necesitaba un espacio donde hacerse concreto, donde juntarnos a pensar, a compartir ideas, y comenzó una búsqueda larga hasta encontrar un espacio que nos acomodara. Luego vino la transformación, hacer de esta casa un entorno bello y amable. En este proceso colaboraron muchas personas: algunas con trabajo, otras con cosas, jornada tras jornada… hasta construir entre todos este espacio que es nuestra escuela y que tiene un poco de cada uno de nosotros. La casa escuela tomó forma a partir de julio del año 2021, y ha ido creciendo y embelleciéndose en los años siguientes.
El sueño era más que una casa: era poder acoger a nuestros terapeutas en su práctica profesional, a nuestros estudiantes cuando lo necesitaran, tener espacios de trabajo y de encuentro y, sobre todo, hacer comunidad. Juntarnos, conversar, mirar lo que hacemos en conjunto, no perdernos una vez que hubiéramos salido de nuestra formación. Tener un lugar donde llegar y donde encontrar a nuestros compañeros de camino, nuestra sangha. Crecer juntos.
En esta casa se hace terapia, talleres, se reúnen profesores a pensar el futuro de la formación de terapeutas, se reúne el equipo extendido de la Escuela. En esta casa se ha meditado, trabajado con el cuerpo, explorado caminos diversos de autoconocimiento que la han ido tiñendo de vida y afectos. Es una casa nuestra: de todos los que somos y hemos sido parte de la escuela.
Los invitamos a conocerla.









































